Tú por tu lado y tu cuerpo por otro

13 marzo, 2019

Desde hace algún tiempo seguro que has escuchado algo sobre lo de la “alimentación consciente”. Se trata fundamentalmente de estar atento y concentrado en lo que comes y relajado en el momento de sentarse a la mesa.

Psicólogos y nutricionistas sabemos que para nuestro cerebro no sólo hay que serlo, hay que parecerlo. Y aunque comamos todo super “healthy”, el impacto de engullir, de comer a toda prisa, sin disfrutarlo, de pie en la cocina o en la mesa del trabajo, puede llegar a no sentarte todo lo bien que debería a pesar de haberte preocupado de comer alimentos saludables.

El simple hecho de masticar, de oler, saborear y prestar atención a todos los sentidos mientras comemos un alimento nos puede revelar sensaciones nuevas y sorprendentes. Por ejemplo, que la patata te sabe dulce, que ya no quieres seguir comiendo ese alimento, que ya no tienes tanta hambre, o que tiene un olor antes desapercibido. El impacto a nivel psicológico e interno que tiene comer de manera consciente no se puede describir hasta que no pruebas una meditación guiada en esta línea. Hace poco yo misma tuve la oportunidad de experimentarlo, y quede tan maravillada que por eso he tenido que contarlo.

A partir de esa experiencia, vengo repasando que no sólo la alimentación debería ser más consciente, sino también el ejercicio. No tiene nada que ver la velocidad de crucero que adquieres en la bici estática delante de tu serie favorita, que la consciencia de la sangre bombeando y regando tus muslos cuando haces la decimoquinta sentadilla. La postura, la sensación de notar cómo trabajan tus músculos, el diálogo que adquieres con tu cuerpo para derribar la pereza y hacer una repetición más o aguantar unos segundos más.

Para una persona que lleva años entrenando es fácil escucharse, y entender ciertas sensaciones, pero para el recién llegado al mundo de la salud, puede que insista en caminar 10.000 pasos diarios pero luego se queje del dolor articular… Quizá esa persona está ignorando las señales que le manda su cuerpo. Vas a rendir más y sobre todo, mejor, si pones los 5 sentidos en el ejercicio que estés haciendo. Parece obvio, ¿no?

Vivir estrepitosamente, enlazando unas actividades con otras, a toda prisa, y pensando en la siguiente tarea pendiente acaba mermando nuestra capacidad de concentrarnos y por tanto de sacar el mayor provecho de cada cosa que hacemos.

En realidad, sería bueno practicar “el aquí y el ahora consciente” con todo, por ejemplo, el transporte consciente. ¿Cuántas veces has ido al trabajo en el coche con el piloto automático?

¿Cuántas veces pierdes la noción de lo que has hecho al cabo del día? ¿Has notado cómo la rutina te envuelve y acabas haciendo las cosas de forma automática? Cerrar la puerta de casa, poner en hora el despertador, ducharte, coger el móvil… El cuerpo va por su lado, y la mente va por el otro. Cualquier actividad que se convierta en rutina se vuelve invisible, igual que el pos-it que pusiste en la nevera hace un mes (ha pasado a ser parte del decorado y ya te da igual). E igual ocurre con la hora de la comida. Se ha convertido en invisible.

Hoy te animamos a que pares. Respires. Simplemente te fijes en tu postura, ¿estás cómodo mientras lees esto? ¿Tienes hambre? ¿Frío? ¿Sueño? Y no se trata tanto de culparte por no poder dejar la mente “en blanco”, pues eso es casi imposible, pero podrías escuchar tu cuerpo un poco más. Pensar a otra velocidad. Bebe un sorbo de agua: ¿está fría? ¿tiene algún sabor? ¿te apetece dar otro sorbo? ¿has notado como ha pasado por tu garganta y ha entrado en tu estómago?

Este diálogo contigo mismo hará que se callen los pensamientos futuros, o los recuerdos pasados, para tener una agradable conversación silenciosa con tu cuerpo. Quizá no te cuente nada nuevo, o sí. Pero te garantizamos unos minutos de paz. Que no es poco.

 

 

Por Nerea Rivera

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